Juan Ortega ha vuelto a demostrar en Valladolid que no es comparable al resto de los toreros. Está a años luz de los demás. ¡Qué torero!
Se inventó una faena con el primero de su lote. Con el «solo» del Soro de Nerva tanto Juan Ortega como el respetable se crecieron.

El sevillano toreó con máxima pureza por ambos pitones. Sobresalieron los naturales, llevando el toro hasta el final, detrás de la cadera. Y, por supuesto, todo impregnado con su personal torería: esa forma de andar al toro, esa naturalidad que hace parecer fácil lo difícil… No obstante, solo fue un aviso de lo que vendría en el quinto. Las dos orejas se antojaron algo excesivas.

«Encendido» se llamaba el quinto. Reata conocida en Núñez del Cuvillo. Sin embargo, el toro salía suelto, pero un inspiradísimo Juan Ortega lo hizo mejor de lo que fue, evitando que se rajase. Alguno hasta lo aplaudió en el arrastre (¡madre mía!). El prólogo fue cumbre: genuflexo, aguantando el parón del toro y con una trincherilla en la que se paró el tiempo. Para el recuerdo, como también lo fue un pase en redondo rodilla en tierra en la que de nuevo ralentizó la embestida del cuvillo. Sin duda, uno de los pases del año en una de las faenas del año. La faena nunca decreció en intensidad, pues las series fueron ligadas y templadas, plenas de elegancia y hondura. Parafraseando a Zabala de la Serna, cuando tituló «José Tomás es el toreo», ahora también podemos decir que «Juan Ortega es el toreo». Es el que mejor torea del escalafón. Cortó dos orejones clamorosos.

Pablo Aguado tuvo la difícil tarea de actuar detrás de su paisano, y es que después de ver a Juan Ortega parecía que ya nada importaba. Todo estaba ya visto. En especial, esa sensación se tuvo (o, al menos, yo la tuve) en el sexto. El cuvillo era muy montado, pero por su justeza de fuerzas fue devuelto a corrales, lo que le costó un disgusto a Pablo Aguado, como exteriorizó con sus gestos. El torero no quería que se devolviese (había pedido el cambio de tercio), sabiendo que el sobrero de Loreto Charro era muchísimo más serio que la «novillada» que había traído Cuvillo. Y salió el sobrero, con sus dos imponentes velas. Un toro con mucho trapío, aunque pocas hechuras de embestir. Remató en las tablas y se pegó un golpetazo del que pudo quedar mermado, ya que había ocasiones en las que mostraba una ligera descoordinación. Aguado se justificó.

Previamente, había lidiado al melocotón de Núñez del Cuvillo, uno de los toros más potables de la ganadería gaditana. Pablo realizó el quite por chicuelinas y una bonita media. La faena de muleta tuvo destellos, pero no rompió porque Aguado estaba al hilo del pitón y con el pico de la muleta. Es cierto que luego se enroscaba la embestida del toro, pero después de ver a Ortega… es que no hay color. Además, pinchó en dos ocasiones y se esfumaron las opciones que pudiese haber de tocar pelo.

Diego Urdiales tuvo un lote imposible. El que abrió plaza fue un cuvillo totalmente inválido. Incomprensiblemente, el presidente lo mantuvo.
El cuarto fue un manso de libro, que se fue rápido al abrigo de las tablas. Otro toro sin emoción.
La corrida de Cuvillo, en general, fue mala, pero salimos toreando de la plaza por la excelsa actuación de Juan Ortega.

Plaza de toros de Valladolid (dos tercios de entrada). Toros de Núñez del Cuvillo, mal presentados, mansos y descastados. El mejor, el tercero.
– Diego Urdiales (de verde esmeralda y azabache): ovación en ambos.
– Juan Ortega (de verde turquesa y plata): dos orejas en ambos.
– Pablo Aguado (de corinto y oro): ovación y ovación tras aviso.

