Pepe Alameda, declarado gallista, reconocía la grandeza del torero y del personaje de Juan Belmonte. En “Los heterodoxos del toreo” afirmaba: “Belmonte no es decreto, es secreto. Su fuerza de atracción estaba en su misterio”. Es, por tanto, ese carácter místico el que lo hace particular y lo distingue de los demás (como a José Tomás). Mas no solo eso, también su inigualable forma de torear. Alameda decía sobre el Pasmo de Triana que “Belmonte toreaba como nadie. Su toreo no ha podido hacerlo nadie”. Todo esto es perfectamente aplicable a José Tomás: tanto su inigualable toreo como el aura mística que desprende, de mito viviente. Me hubiese gustado ver qué habría dicho, por tanto, Alameda sobre el torero de Galapagar de haberlo visto torear. Porque José Tomás también torea como nadie. Cuando José Alameda habla de Juan, parece estar hablando de José Tomás: “Y no lo reconozco entre sus imitadores. Porque lo que había en él que nadie podrá imitar era su disposición hacia la muerte. La entrega absoluta, ese golpe del alma capaz de acabar con todo cuando se está dispuesto a acabar con uno mismo”. Este descomunal valor puesto al servicio del toreo los hace diferentes de los demás, que no habían sido capaces de ponerse en el sitio en el que se ponía Juan Belmonte (por aquel momento) o en el que se pone José Tomás. Recuerden ese dicho de que “José Tomás se pone donde los demás ponen su muleta”. Ahí es donde JT pone su cuerpo. Este hecho le ha otorgado un aire dramático (trágico, por momentos) a su toreo, en el que han convivido el “uy” y el “olé”, pero todo bajo un clima de serenidad apabullante mientras se juega la vida. Volviendo a Alameda:
“Belmonte, el antiburgués, es, no ya como torero, como personaje, la cumbre de este drama que a veces se remansa y a veces se atiza en el arte de torear”. José Tomás es un personaje parecido, tanto toreando como en el personaje.
Las personalidades (y su toreo, claro) de ambos han movido masas, por lo que ambos significan. Si bien hay aspectos de su personalidad en los que son muy distintos, hasta en pueden ser parecidos. A Belmonte le encantaba la vida pública: rodearse de otros famosos e intelectuales, salir en las revistas… Según Domingo Delgado de la Cámara (otro gallista y seguidor de Alameda) en su reedición de “Entre Marte y Venus”, “Belmonte es el primer torero que cuida las relaciones públicas. El primero que se da cuenta de que el torero tiene que saber cultivar una imagen pública, para que el público vaya entregado de antemano. Es evidente que Belmonte fue un hombre de una inteligencia excepcional.” Y yo añado: José Tomás también es un hombre de una inteligencia excepcional. El de Galapagar prefiere una vida íntima, alejado de los focos y huyendo de la fama. Todo lo contrario que Belmonte, pero poniéndolo en el contexto de la época, lo que consiguen ambos es lo mismo: crear una expectación por verlos a través de caminos opuestos. Y es que la sociedad de hace cien años a ahora ha cambiado mucho. Belmonte buscó salir en las revistas y que todo el mundo lo conociese para que fuesen a la plaza a verlo. Afirma Domingo Delgado de la Cámara que “las masas urbanas y las clases medias que antes no habían pisado las plazas de toros, se volcaron a ver a Belmonte. Un público predispuesto de antemano que otorgará triunfos delirantes con independencia de lo hecho delante del toro. Volverá a suceder después con otros nombres: Manolete, Ordóñez, El Cordobés, José Tomás…”
Como dice Domingo, este fenómeno se repetirá con los toreros más populares de cada época. Obviamente, José Tomás incluido. Hay público ocasional que nunca va a los toros (por lo tanto, no se le debería llamar ni público”), pero paga dinerales el día que torea José Tomás. Como José Tomás, prácticamente, no torea, por eso no deberíamos llamarles ni público ocasional, ya que pueden estar años sin pisar una plaza. “Belmonte es el primer fenómeno de masas”. En los últimos treinta años lo ha sido José Tomás.
Actualmente, con Roca Rey sucede algo semejante a menor escala. Llena las plazas de público poco instruido que va dispuesto a sacarle a hombros para poder contar que su torero ha abierto la Puerta Grande y ponerlo en el Instagram. Y aquí voy con una de las claves del éxito de José Tomás y una muestra de su inteligencia. Si hace un siglo lo transgresor era aparecer en los actos sociales para “ser parte” de la vida de las personas, hoy en día todo se publica en las redes y los toreros que salen en las revistas del corazón no lo hacen por sus méritos en el ruedo, sino por ser toreros de dinastía (como los Rivera Ordóñez) o tener una vida sentimental que contar (incluso, para las figuras como Ponce o el propio Roca Rey). José Tomás huye de todo eso: de las revistas, de las redes sociales y de la televisión (esto ha sido muy bueno para él, pero no para la tauromaquia). También podríamos decir de él que es un “antiburgués”, como decía Alameda de Belmonte, ya que por su aspecto más bien parece un obrero o un yonki (con ese pelo largo a lo Jesucristo, la larga barba, los pendientes…), seguramente, para no ser reconocido. Porque en ese sentido es como una monja de clausura. No quiere ser visto. Pero qué más dará es aspecto que tenga si torea como torea. Por cierto, a torear nunca va así: se afeita, se corta el pelo… de ahí que piense que si lleva ese aspecto en su día a día sea para poder tener una vida tranquila. Siempre inteligente José Tomás.
No haciendo apariciones públicas, José Tomás ha conseguido que en lugar de parecer un hombre terrenal más sea un mito que se aparece de forma esporádica. Y ese día nadie se lo quiere perder, porque mientras que otros toreros que se retiran y vuelven, tardan en volver a coger el sitio delante del toro (véase Talavante, por ejemplo), José Tomás nunca lo pierde.
Antes decíamos que en José Tomás coexisten el “uy” y el “olé”. Díganme en qué otro torero importante de la actualidad conviven ambos de forma frecuente, no un día en concreto. En ninguno. Los hay artistas, como Morante, Urdiales, Aguado o Juan Ortega. No quiere decir que no tengan valor. Solo para ponerse delante del toro hace falta mucho valor, pero desde luego no es en lo que destacan. También los hay de “uy”, mismamente como Roca Rey, que aparte de valor tiene un enorme poderío (como también lo tiene Perera o lo tenía El Juli), pero estos toreros de valor y/o poderosos andan escasos de arte. No tienen duende. José Tomás es el torero que lo junta todo: el más completo: capote, muleta y espada. Arte y valor. Estética y dominio. Porque si le cogen los toros (quizás, en sus primeros años sí, pero ahora no) no es por falta de técnica, sino por ponerse donde se pone y pasarse los toros por donde se los pasa, sin aliviarse. En realidad, un joven José Tomás (cuando aún daba alguna entrevista) reconocía que él no se pasaba al toro cerca. Él se limitaba a quedarse quieto y el toro es el que pasaba al lado de él. Siempre ha sido un torero hierático, como El Pasmo… si bien Domingo Delgado afirma que “Manolete es el primer torero en quedarse quieto. Belmonte introduce la inquietud por quedarse quieto, que él no consigue, lo conseguirá Manolete veinticinco años después, pero él la introduce. Y, sobre todo, introduce la preocupación por la estética”. Seguramente, por la natural evolución del toreo fuese así. Porque José Tomás no solo bebe de las fuentes de Belmonte. Con su toreo ligado lo hace también de las de Joselito y de las de Manolete, de quien no solo ha tomado los estatuarios y las manoletinas, sino también parte del toreo fundamental, pero citando con mucha mayor pureza (sin retrasar la muleta ni ponerse de perfil). Domingo Delgado dice muchas veces en “Al toro por los cuernos” que “Morante es el crisol que funde todo lo mejor de la historia de la tauromaquia”. Pienso que José Tomás no le va a la zaga, sin tratar de imitar a nadie, ya que es un torero único y necesario. Por lo mentado anteriormente de que, como Belmonte, entremezcla el arte o la estética con el valor. Porque abarrota no solo las plazas de toros, sino las ciudades enteras en la que torea. Porque sin querer salir nunca en la televisión, los informativos por una vez hablan de toros cuando él torea. Y porque, sin José Tomás, el toreo al natural está huérfano.

En el siglo XXI ha habido otros dos toreros que han bordado el arte del toreo al natural: El Cid y Talavante. Ambos están activo tras un tiempo de retiro. Manuel Jesús Cid se retiró en 2019 tras varios años arrastrándose. La última gran faena del Cid es la de “Verbenero”, en la Feria de Otoño de 2013. Sin embargo, ha vuelto mejor de lo que se fue (sin ser el mejor Cid, obviamente), pero ahora ya no le dan contratos.
Talavante tiene una muñeca izquierda de seda, pero desde que volvió se deja la muleta muy retrasada, lo que hace que el muletazo sea más corto y, además, anda perdido en el toreo accesorio. Esperemos que la Puerta del Príncipe de septiembre signifique un antes y un después en esta etapa de su carrera. En el festival de Vistalegre lo vi mejor que anteriormente. No obstante, si en tres años (con todo lo que ha toreado) no ha recuperado el sitio delante del toro, permítanme que dude que lo haga a estas alturas, aunque Alejandro siempre sorprende. Por eso, torear un día y casi nunca fallar, como hace José Tomás, tiene un enorme mérito. Quizás, Talavante quiso copiar a su admirado José Tomás retirándose para luego volver, pero no le ha salido nada bien, artísticamente hablando (a su bolsillo seguro que sí). Las imitaciones nunca son buenas. Talavante ha sido un torero brillante, genial, pero nunca ha sido ni será José Tomás.
De hecho, el que también se retiró y volvió en forma de exclusiva fue Belmonte. Escribía Alameda: “¿Qué ha quedado de aquel anarquista sevillano que hizo estallar su artefacto en Valencia y arrebató a España con la llama de su genio inoclasta? Lo que empezó derribando el templo, para liberar el arte de los cepos de escuela, desemboca en otra escolástica, una preceptiva reducidísima, casi personal, de verdadero homenaje al ídolo”. ¿No les suena familiar una reaparición así?

Además, en “Los heterodoxos del toreo” se dice que “el mejor Belmonte, el realmente fecundo, fue el de sus primeros tiempos, el aventurado y combativo”. Sucede lo mismo con José Tomás. A pesar de su histórica (adjetivo del que se abusa, pero en este caso fue así) reaparición de 2007 (con las siete orejas en Madrid en 2008), afirma Manolo Molés que “quien no ha visto a José Tomás en el trienio mágico, realmente no ha visto a José Tomás”. El trienio mágico fue el nombre que el propio Molés le dio a las temporadas de los años 97, 98 y 99 de José Tomás, en las que José Tomás convulsionó el panorama taurino con varias actuaciones para la posterioridad, especialmente, en Las Ventas.
En mi caso, por edad, no tuve la suerte de ver esas faenas en directo (sí en vídeo), pero tengo claro que cada vez que se anuncia el genio de Galapagar es un regalo que nos hace a los aficionados. Aunque él, seguramente, lo haga por motivos económicos. Torea muy cómodo. Comodísimo. Con quien quiere (últimamente él solo en corridas de cuatro toros eliminando así la competencia), con los toros que lleva bajo el brazo (normalmente, más en puntas que los de otras figuras, eso sí), cuando y donde quiere. Y cobrando un pastizal, claro. Pero aún con todo, mientras que la mayoría de tardes son un petardo, cuando torea José Tomás se ve, valga la redundancia, torear. Y torear al natural. De verdad. De la nueva hornada de toreros hay varios que también torean bien al natural. Juan Ortega es uno de ellos, pero Juan torea bien con todo: con el capote, con la diestra… no es el natural su principal cualidad ni en la que más se prodiga. Otro que tiene una gran mano izquierda (y junto con su excelsa espada es su gran aval) es Ginés Marín, pero Ginés debe torear más aún al natural y dejarse de otras cosas de menor calidad: echarse la muleta a la izquierda desde el principio. A los toreros de hoy en día les cuesta mucho ponerse al natural, porque se sienten menos protegidos. Y los que empiezan su faena con la izquierda, rápidamente se van a la derecha. Es muy raro ver faenas enteras al natural, como las que hemos visto en repetidas ocasiones a José Tomás. Toreando poco, José Tomás torea mucho más que los demás. Que se me entienda. Aún recuerdo cuando Castella le pegó tres naturales cumbres al toro “Rociero”, de Jandilla, en el San Isidro de 2023. Le pegó tres sensacionales y, en vez de seguir por el izquierdo, coge la mano derecha. ¿Por qué? Castella lo explicaba después con su particular forma de ver la vida y el toreo: no iba a mejorar esos tres naturales; por eso, cogió la derecha. También se podría decir que es miedo al éxito. No le importa, sin embargo, que las faenas se le vengan abajo con arrimones innecesarios. Ni que decir tiene que José Tomás en una situación así habría cogido antes la izquierda y, por supuesto, habría seguido toreando al natural. Como en su última tarde, en Alicante. Bordó el toreo al natural en una serie perfecta de ocho o nueve naturales inmejorables. Esta serie no salió en los resúmenes, pero los que tuvimos la fortuna de estar allí, la pudimos ver. Sí salió en los resúmenes la siguiente, que no la mejoró en calidad, pero sí en cantidad (doce naturales). Una serie de José Tomás equivalen a dos o tres de los demás. Nunca con la clase de José Tomás, al que no le hacen falta gestos de cara a la galería. Como decía en una entrada que escribí durante la pandemia, tiene una frialdad que quema: hay que tener mucha sangre fría para no moverse lo más mínimo, ni cuando el toro viene a gran velocidad como en sus clásicos estatuarios de comienzo de faena, ni cuando este le da un inesperado parón que el efecto que tiene es calentar al público. Cuando se llega a ese nivel de excelencia, no hace falta sobreactuar para transmitir al tendido.
No olviden que el hielo también quema.


Deja un comentario