JUAN ORTEGA: EL TOREO AL RALENTÍ 

Juan Ortega apunta a ser un torero de época. Un artista que será un referente en su concepto del toreo, como lo fueron Curro Romero o Paula. O como lo es Morante. Y como lo es también Juan Ortega. Todos tan distintos, pero tan parecidos. Todos ellos tienen “duende”. 

A Juan Ortega aún le queda mucho para llegar al nivel de los anteriormente citados, pero desde luego que va camino de ello. Y pienso que, además, es más regular. Con que se deje el toro le sirve, como hoy hemos podido comprobar una vez más. 

Cuando torea Ortega se detiene el tiempo. A pesar de los toritos que siempre salen en esta plaza en la Corrida del Milagro, mereció la pena ir a Illescas para ver bordar el toreo al de Triana. Sin embargo, después de esa obra de arte monstruosa en el cuarto, la corrida pareció terminarse y aún quedaban cuatro (pues era una corrida-monstruo). Es cierto que Talavante cortó dos orejas después (nada que ver con las de Ortega), pero la segunda mitad del festejo fue mucho peor. ¿Quizás fueron demasiados ocho toros? Igual, lo que hacía falta no eran más toros (aunque nunca me quejaré de ello), sino más toro. Más presencia y que salgan íntegros, algo que en las plazas de Maximino no suele suceder. Tampoco estaría de más traer ganaderías más encastadas, aunque, al menos, ya no viene José Vázquez.  

La tarde la abrió un precioso ejemplar de Algarra, abrochado, pero con muy buenas hechuras. Apuntó clase, pero rápido se vino abajo. Manzanares poco a poco fue construyendo la faena, mas esta fue desigual. Brilló en los remates de serie y en una serie de derechazos, pero después la faena se volvió a venir a menos. 

El segundo de la tarde, también de Luis Algarra, fue un animal sin fondo con el que Talavante estuvo despegado.  

Tras este capítulo en blanco, Fernando Adrián se echó de rodillas en el tercio para saludar al tercero con dos faroles. Calentó al tendido y nunca dejó que se enfriase, pues su faena fue toda pura efervescencia. El de Algarra ya había avisado en las verónicas de Fernando posteriores a los faroles de que se vencía por dentro y en la media verónica de remate de que se quedaba corto. Eso le pasó en el quite por saltilleras. El animal se le quedó debajo y le sorprendió. Se libró, al menos, de un puntazo en el glúteo y prosiguió su quite capote a la espalda, intercalando saltilleras con gaoneras. Era mucho más lógico dar estas últimas para no perder la cara al toro en ningún momento por si este se volvía a quedar corto. 

Empezó su faena en los medios de hinojos, con arriesgadísimos cambiados por la espalda que pusieron al respetable en pie. Este inicio ya es marca de la casa de Fernando Adrián, como también lo es de otros toreros como Perera o Roca Rey. El problema es que Fernando torea mejor de rodillas que en pie, al igual que le pasa a Rufo, Talavante, Ginés Marín… Con la derecha liga los pases con suprema facilidad, pero al natural le cuesta más. Se vio, claramente, en una serie con poquito gusto, aunque haciendo el esfuerzo de echar siempre la pierna adelante a pesar de que el toro se acostaba.  La estocada fue un tanto caída pero no impidió la concesión del doble trofeo a un arrollador Fernando Adrián. 

El toreo clásico llegó en el cuarto con Juan Ortega. Cambiamos de hierro y salió un feo y mal presentado ejemplar de Daniel Ruiz. Sin embargo, nos olvidamos de su pobre presencia en cuanto Ortega se abrió de capa.  

Lo brindó al público y empezó con unos ayudados por alto en los que toreó con toro el cuerpo. La faena fue al ralentí, haciendo del toreo un arte inigualable. Un arte muy distinto cuando lo interpreta Juan Ortega que cuando lo hace otro torero. Juan lo hace todo con una asombrosa sutileza y aparente sencillez, a pesar de que torear así de despacio es francamente complicado. Hubo un pase genuflexo que fue totalmente circular. Al natural toreó con máxima pureza, citando delante y rematando detrás de la cadera, siempre ofreciendo la femoral y esperando mucho al toro. Demostró no solo su arte, sino un gran valor para dejarse llegar tanto al toro. Valor puesto al servicio del toreo, no valor efectista. 

Por supuesto, tampoco faltaron sus clásicos remates por bajo o los adornos tan toreros. Estaba tan “relajado” toreando que hasta trató de realizar una arrucina, algo que nunca había visto a Juan Ortega y que sigo sin ver, pues el toro no acudió al cite y lo solventó con un inteligente pase de las flores. Mató de una estocada honda en el sitio que fue suficiente para que el toro doblase y los dos pañuelos blancos asomasen por el palco. ¡Qué forma de torear, Juan! 

La pena que fue que no pudo redondear su tarde con el octavo. El de Algarra fue devuelto por su nula fuerza y en su lugar salió un bonito ejemplar de Daniel Ruiz, mucho más cuajado y más astifino que sus hermanos. Engatillado. Qué casualidad que fuese este el que dejasen de sobrero… en fin. El de Daniel estaba descoordinado o tenía alguna lesión en la mano derecha que le impedía moverse con naturalidad, pero como ya sabemos de otros años que el público de Illescas se entera de lo que se entera (entre poco y nada), a este lo protestaron cuatro, a pesar de que era aún más evidente que debió ver el verde que el anterior (no digo que el otro no lo mereciese). Y esa evidencia llegó cuando al comienzo de la faena de Juan Ortega el toro se desplomó. El animal se iba al suelo constantemente y Ortega lo intentó, pero con un toro así y tras siete toros antes debió cortar por lo sano. A un torero como él, en este caso, se lo habríamos permitido.  

Esta segunda parte de la corrida fue bastante peor, a pesar de las dos orejas pueblerinas que cortó Talavante con la colaboración de los mulilleros. No es que las mulillas estuviesen paradas esperando a ver si caía la segunda oreja (como suele pasar, lamentablemente), sino que ni siquiera habían entrado al ruedo. 

Talavante se las vio con un toro de Daniel Ruiz de embestida codiciosa, por abajo y con gran repetición, queriendo comerse las telas mientras duró. Y mientras duró, más allá del gran inicio de faena genuflexo en redondo (con un torerísimo pase rodilla en tierra), no lo aprovechó el extremeño, en esta versión 2.0 del Talavante post-retirada, más pendiente del toreo accesorio que de sacar a relucir su excelsa mano izquierda. Las luquecinas finales y el desplante arrojando la muleta calentaron al personal, a pesar de que el toro ya estaba muy apagado cuando el torero hizo este alarde de valor. 

Manzanares no pudo hacer nada más que justificarse con el cuarto, un torito impresentable de Daniel Ruiz con aspecto de vaquilla y de embestida mortecina. Protestó dada su mansedumbre, aunque “embistió” a la muleta del alicantino con nobleza, que toreó con su habitual empaque, pero sin nada de emoción por la condición del “toro”. Mató de un espadazo en todo lo alto hasta la bola, de gran efecto. 

Fernando Adrián realizó una faena de excesivo largometraje al séptimo. También se pasó de faena con el tercero, pero en este caso resultó algo pesado, porque no fue una faena de triunfo (aunque aquí habría tocado pelo seguro de matar bien al primer intento). No faltaron los cambiados por la espalda o la dosantina en los terrenos de cercanías. Mató de una gran estocada al segundo intento y todo quedó en ovación.  

Plaza de toros de Illescas (más de tres cuartos). Corrida monstruo con toros de Algarra y Daniel Ruiz, mal presentados, cariavados los de Daniel y todos ellos más que sospechosos de pitones. 

  • José María Manzanares (de azul marino y oro): ovación en ambos. 
  • Alejandro Talavante (de blanco y oro): silencio y dos orejas. 
  • Fernando Adrián (de azul rey y oro): dos orejas y ovación tras aviso. 
  • Juan Ortega (de verde botella y plata): dos orejas y silencio. 

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