Hace unos meses, cuando se presentó la Copa Chenel, apuntaba en el tradicional análisis de carteles a Héctor Gutiérrez como mi favorito para ganar el certamen, sin descartar a Manuel Diosleguarde, por ejemplo, que era otro torero que veía con muchas posibilidades de vencer. Pues bien, Héctor Gutiérrez ha ganado y Manuel Diosleguarde ha llegado a la final, aunque aquí discrepo en que se clasificase para esta en lugar de Mario Navas (que ha toreado de maravilla) o de Javier Cortés, tras la semifinal de Alalpardo.
El caso es que llegaron dos salmantinos (Alejandro Marcos y Manuel Diosleguarde) y un mexicano (Héctor Gutiérrez), que ha necesitado confirmar en Madrid gracias a la Copa Chenel. Es lamentable que la empresa no haya tenido ojos para ver las buenas formas del diestro azteca y haberlo anunciado en Las Ventas mucho antes. Aquí llevaba años pidiéndolo, tanto para confirmar en Madrid, como para entrar tiempo atrás en la Copa Chenel. Finalmente, ambas han ido de la mano y ha tenido que ser en 2026. Mejor tarde que nunca. Todo llega.

Héctor Gutiérrez se ha proclamado vencedor (con justicia) y actuará también en la Feria de Otoño, previsiblemente en un cartel de figuras, aunque con el temple que tiene y lo acostumbrado que está al saltillo mexicano, me gustaría verlo con los albaserradas, ya sea en el cartel de Victorino o en el de Adolfo Martín. Realmente, tuvo poca competencia porque la corrida de El Capea, mal presentada, no sirvió. Fue interesante el segundo por sus arreones de manso y ese comportamiento cambiante, pero poco más. Toro difícil para un torero que torea tan poco como Alejandro Marcos y que merece mucho más. Se da la circunstancia que ni el de la Fuente de San Esteban, ni Manuel Diosleguarde están anunciados en «su» feria de Salamanca. Tampoco Damián Castaño.
Abrió plaza un toro con poco perfil, ya que no tenía la vuelta en los pitones que da seriedad. Con los crotales puestos, además (los seis). Tras la cesión de trastos por parte de Alejandro Marcos como ceremonia de confirmación de alternativa, Héctor Gutiérrez brindó a Curro Vázquez, que estaba en el callejón junto con su poderante y también mexicano Emiliano Osornio.

Osornio y Héctor tienen un concepto del toreo parecido, de mucha pureza.
Gutiérrez toreó con aplomo y con mucha verdad. La pierna siempre adelantada y la suerte cargada. Hubo alguna trincherilla torera y un gran cambio de mano por delante, al ralentí.
Se le pudo otorgar la oreja, que habría sido de mucho mayor peso que aquellas que se cortan simplemente por unas bernadinas finales, ya que Héctor toreó y, a pesar de la sosería del toro, mostró su gran concepto. La estocada fue arriba, aunque atravesada. Todo quedó en una vuelta al ruedo, pero esta actuación, a la postre, le sirvió para ganar la Copa Chenel, ya que con el quinto pudo hacer poco.
Traía unas hechuras más bonitas, tocado arriba de pitones, dentro de la justeza de presentación de todo el encierro de El Capea. Y justo también estuvo de fuerzas. Pudo ser devuelto perfectamente, pero como los capotes iban arriba, apenas volvió a perder las manos después de que lo hiciese en un par de ocasiones al principio. Puesto que el animal no tenía fuerzas, se defendió soltando feos tornillazos al final de algunos muletazos. Héctor agarró la muleta con firmeza tras un desarme en el primer pase y se justificó, exponiendo siempre y dando la panza de la muleta, pero ese trasteo no iba a ninguna parte. Debió ir antes a por la espada. La última serie con el toro ya totalmente aplomado le sobró. Mató de una estocada caída y saludó una ovación.

Alejandro Marcos portaba un precioso vestido en terciopelo.

Le tocó un toro protestado de salida por su aspecto anovillado y muy complejo. Con muchas teclas que tocar, como se dice ahora. Ya en el recibo capotero se rajó, cantando su mansedumbre. Pero en la muleta, en lugar de buscar descaradamente las tablas, como habría sido previsible, tuvo una embestida muy desigual y descompuesta. A veces, pegaba un arreón con prontitud que descolocaba al diestro y, en ocasiones, tomaba la muleta hasta con cierta clase. Esto último fue a más gracias al buen hacer del charro, que lo fue haciendo poco a poco, aunque no pudo haber lucimiento.
Se acopló peor con el cuarto, que le tocó las telas varias veces y con el que acabó atascándose mucho con los aceros y librándose del percance con el descabello cuando este le hacía hilo al no acertar.
Manuel Diosleguarde se encajó de riñones en su faena al tercero, pero algo fuera de sitio y citando con el pico por momentos. Los de pecho, eso sí, fueron muy templados y de pitón a rabo. En la suerte suprema su apoderado le decía desde el callejón que lo hiciese fácil (¿fácil es enterrar la espada como caiga?), pero Diosleguarde pinchó en varias ocasiones. Arriba, pero pinchó. No lo hizo fácil.

Saludó al engatillado sexto con una larga cambiada de rodillas en el tercio, a sabiendas de que habían pasado pocas cosas en el festejo y si este rompía en el último acto se podía proclamar ganador. Pero no lo hizo, porque el toro no ayudó y porque, a pesar de ello, Diosleguarde es un torero que da muchos pases, pero no tiene la pureza de Héctor, que venció, ya digo, justamente, teniendo en cuenta la final. Me hubiese gustado verlo competir con Javier Cortés y Mario Navas, a ver qué habría sucedido.

Plaza de toros de Las Ventas (13.268 espectadores). Toros de El Capea y Carmen Lorenzo, mal presentados, mansos y deslucidos.
– Alejandro Marcos (de sangre de toro en terciopelo y azabache): silencio y silencio tras aviso.
– Héctor Gutiérrez (de azul pavo y oro): vuelta al ruedo tras petición y ovación.
– Manuel Diosleguarde (de corinto y oro): silencio y silencio tras aviso.

